Yana regresó a casa antes de lo previsto.
Nada más abrir la puerta escuchó voces en el salón.
— Esta pared se quitará — decía su suegra—. Así tendremos mucho más espacio.
Yana dejó las llaves y caminó hacia la habitación.
Allí encontró a Sasha y a su madre observando el salón como si estuvieran preparando una gran reforma.
Habían movido ligeramente algunos muebles y sobre la mesa había varias notas con medidas.
La suegra señaló el sofá.
— Esto saldrá de aquí.
Después señaló una esquina del salón.
— Y aquí estará el despacho de Sasha.
Yana permaneció unos segundos en silencio.
— ¿Qué están haciendo?
Sasha se volvió.
— Has vuelto temprano.
— Eso ya lo veo. Pregunté qué están haciendo.
Su suegra respondió tranquilamente:
— Estamos pensando cómo reorganizar el apartamento.
— ¿Estamos?
— Sí. La distribución actual no es práctica.
Volvió a señalar la pared.
— Si quitamos esto, el salón quedará mucho mejor.
Yana miró a Sasha.
— ¿Cuándo pensabas hablar conmigo?
Él suspiró.
— Yana, todavía estamos planificando.
— Parece que ya han decidido bastante.
— Mamá solo está dando algunas ideas.
La suegra sonrió.
— Exactamente. Quiero ayudar.
Yana miró nuevamente las notas sobre la mesa.
Habían elegido dónde colocar los muebles.
Habían tomado medidas.
Incluso habían decidido qué espacio se convertiría en el despacho de Sasha.
Entonces preguntó con calma:
— ¿Olvidaron de quién es este apartamento?
Sasha frunció el ceño.
— Somos familia. Esta es nuestra casa.
Yana lo miró fríamente.
— No. Este apartamento lo heredé de mi abuela.
La suegra cambió de expresión.
Yana continuó:
— Aquí no se tira ninguna pared, no se mueve todo el mobiliario y no se inicia ninguna reforma sin mí.
— Sasha también vive aquí — respondió su madre.
— Por supuesto.
Yana miró a su esposo.
— Y si necesita un despacho, podemos hablarlo juntos.
Luego volvió a mirar a su suegra.
— Pero ustedes dos no van a decidir cómo modificar mi propiedad mientras yo estoy fuera.
Sasha comenzó a molestarse.
— ¿Por qué siempre tienes que decir “mi apartamento”?
— Porque lo es.
— Soy tu marido.
— Precisamente. Y esperaba que mi marido me preguntara antes de decidir quitar una pared de una propiedad que heredé de mi abuela.
La suegra cruzó los brazos.
— Estás exagerando.
Yana tomó una de las hojas.
— ¿De verdad?
Había medidas y una lista de cambios.
— Aquí ya decidieron dónde estará el sofá.
Tomó otra.
— Aquí está el nuevo despacho.
Después levantó la mirada.
— ¿Y quién iba a pagar todo esto?
Sasha no respondió inmediatamente.
Yana sonrió con frialdad.
— Ya entiendo.
— Tenemos dinero común — dijo él.
— Qué interesante.
Yana dejó los papeles sobre la mesa.
— Cuando quieren modificarlo, el apartamento es “nuestro”. Y cuando hay que pagar la reforma, mi dinero también es “nuestro”.
— No es eso lo que quería decir.
— Entonces explícame qué querías decir.
Sasha guardó silencio.
Su madre intervino:
— Solo queremos que la casa sea más cómoda para todos.
— Entonces deberían haber empezado preguntando a la propietaria.
La suegra se quedó inmóvil.
Yana recogió las hojas y se las entregó.
— Si quieren cambiar paredes y muebles, vayan a hacerlo a casa de usted.
Después miró directamente a Sasha.
— Y ahora acompaña a tu madre a la salida.
El salón quedó completamente en silencio.
Sasha parecía no creer lo que acababa de escuchar.
— ¿Estás echando a mi madre?
— Estoy terminando una conversación que nunca debería haber empezado sin mí.
La suegra tomó su bolso.
— Vamos, Sasha. Está claro que aquí mi opinión no importa.
Yana respondió:
— Sobre cómo reformar mi apartamento sin mi permiso, no.
Sasha acompañó a su madre hasta la puerta.
Cuando regresó, Yana seguía en el salón.
— ¿Era necesario hablarle así?
— ¿Era necesario organizar todo esto sin preguntarme?
— Solo eran ideas.
Yana señaló las medidas.
— No. Una idea es decir: “Me gustaría tener un despacho”.
Tomó otra hoja.
— Esto ya era un plan.
Sasha se sentó.
— Pensé que te gustaría.
— Entonces podrías habérmelo enseñado antes.
Él guardó silencio.
Yana se sentó frente a él.
— Sasha, no estoy diciendo que no puedas opinar sobre la casa donde vivimos.
— Entonces no entiendo por qué reaccionaste así.
— Porque existe una diferencia enorme entre opinar y decidir por mí.
Sasha miró las hojas.
— Mamá empezó a proponer cambios y pensé que tenía sentido.
— ¿Y en ningún momento pensaste que quizá debías llamarme?
Él no respondió.
Eso fue suficiente.
Yana continuó:
— Mi abuela me dejó este apartamento para que siempre tuviera algo mío.
Su tono se volvió más suave.
— Eso no significa que no quiera compartir mi vida contigo.
Luego añadió:
— Pero compartir no significa renunciar a mi derecho a decidir.
Sasha bajó la mirada.
Después de unos segundos dijo:
— Tienes razón.
Yana no respondió.
— Debería haberte preguntado.
— Sí.
— Y no debería haber dejado que mamá decidiera todo.
Yana asintió.
— Exactamente.
Sasha miró hacia el lugar donde quería instalar el despacho.
— ¿Entonces olvidamos completamente la idea?
Yana sonrió ligeramente.
— No necesariamente.
Él levantó la cabeza.
— ¿En serio?
— Si necesitas un espacio para trabajar, podemos buscar una solución.
— ¿Juntos?
— Esa era precisamente la idea desde el principio.
Sasha asintió.
Pero Yana añadió una última cosa:
— Y ninguna pared se toca hasta que los dos estemos de acuerdo.
— Entendido.
Todo había empezado cuando Yana regresó a casa y escuchó a su suegra decir:
«Esta pared se quitará, el sofá saldrá de aquí, y aquí estará el despacho de Sasha.»
Su marido había intentado justificarlo:
«Somos familia. Esta es nuestra casa.»
Pero Yana había respondido:
«No. Este apartamento lo heredé de mi abuela. Aquí no se decide nada sin mí.»
Después había mirado a Sasha y añadido:
«Si quieren cambiar paredes y muebles, vayan a casa de tu madre. Y ahora acompáñala a la salida.»
Sasha se había quedado inmóvil.
Porque finalmente comprendió que Yana estaba dispuesta a compartir su hogar con él, pero no a permitir que otros tomaran decisiones sobre su propiedad como si su opinión no importara.