Denis aseguró que encontraría trabajo y que él y Alina pronto tendrían su propia casa. Pero pasaron los meses y rechazó empleo tras empleo mientras Yuri pagaba todos los gastos. Hasta que un día el padre de Alina dejó las llaves sobre la mesa y puso una condición inesperada.

— Medio año, no más — aseguró Denis mientras dejaba las maletas en el pasillo—. Encontraré trabajo, ahorraremos dinero y nos iremos.

Yuri miró a su yerno y asintió.

No estaba especialmente contento con que su hija y su marido se instalaran en su apartamento, pero sabía que atravesaban una etapa difícil.

— Mientras sea temporal, no hay problema — respondió.

Alina abrazó a su padre.

— Gracias, papá. De verdad.

Al principio todo parecía funcionar.

Denis se levantaba temprano, revisaba ofertas de empleo y enviaba currículos.

Pero después de unas semanas empezó a encontrar defectos en cada oportunidad.

— Me llamaron de una empresa — contó una mañana.

Alina sonrió.

— ¿Para una entrevista?

— Sí, pero ofrecen demasiado poco.

— Podrías empezar allí mientras buscas algo mejor.

Denis negó con la cabeza.

— No estudié tantos años para aceptar cualquier cosa.

Alina no insistió.

Unas semanas después apareció otra oportunidad.

Denis volvió de la entrevista molesto.

— ¿Qué pasó? — preguntó Yuri.

— Quieren que trabaje algunos sábados.

— ¿Y?

— No pienso aceptar esas condiciones.

Yuri no respondió.

Pasaron tres meses.

Después cuatro.

Yuri pagaba el alquiler, la electricidad, el agua y prácticamente toda la comida.

Alina trabajaba y contribuía con lo que podía.

Denis seguía “buscando el trabajo adecuado”.

Una noche, Yuri abrió la nevera y descubrió que casi no quedaba comida.

— Mañana iré al supermercado — dijo Alina.

— No. Iré yo.

— Papá, ya haces demasiado.

Yuri la miró.

— Ese es precisamente el problema.

Alina entendió inmediatamente de qué hablaba.

— Denis está buscando.

Yuri guardó silencio.

— Papá…

— ¿Cuántos trabajos ha rechazado?

Alina no respondió.

Yuri sí sabía la respuesta.

Demasiados.

Dos días después, Denis recibió otra llamada.

Esta vez le ofrecían un puesto estable.

El salario no era extraordinario, pero era suficiente para empezar.

Denis colgó y dijo:

— No lo aceptaré.

Yuri levantó la mirada.

— ¿Por qué?

— Pagan poco.

— ¿Cuánto?

Denis se lo dijo.

Yuri frunció el ceño.

— Es un salario normal para empezar.

— Para mí no.

— ¿Y cuál sería un salario aceptable?

Denis mencionó una cifra mucho más alta.

Yuri casi sonrió.

— ¿Te han ofrecido algún trabajo que pague eso?

— Todavía no.

— Entonces quizá deberías empezar por algún sitio.

Denis se molestó.

— No necesito consejos profesionales.

Yuri no respondió.

Pero aquella frase terminó de convencerlo.

A la mañana siguiente, Alina entró en la cocina.

Su padre estaba sentado a la mesa.

Delante de él estaban las llaves del apartamento.

— Siéntate.

Alina notó inmediatamente que algo ocurría.

— ¿Qué pasa?

Yuri empujó lentamente las llaves hacia el centro de la mesa.

— Dile a tu esposo que vivir gratis se acabó.

Alina se quedó inmóvil.

— Papá…

— Lo ayudamos porque necesitaba tiempo para recuperarse.

Yuri habló sin levantar la voz.

— Pero una cosa es ayudar a alguien que intenta salir adelante y otra muy distinta mantener a alguien que rechaza todas las oportunidades.

— Denis dice que quiere encontrar algo bueno.

— Puede buscar algo mejor mientras trabaja.

Alina bajó la mirada.

Sabía que su padre tenía razón.

— ¿Qué quieres que haga?

Yuri respondió:

— Tiene dos opciones.

Hizo una pausa.

— Empieza a trabajar y contribuye a los gastos de esta casa…

Luego señaló el pasillo.

— …o recoge sus cosas y se va.

Alina palideció.

— ¿Quieres echarlo?

— No.

Yuri negó con la cabeza.

— Quiero dejar de financiar su decisión de no trabajar.

En ese momento se oyó un pequeño ruido en el pasillo.

Ambos se volvieron.

Denis estaba allí.

Había escuchado todo.

— Así que eso piensas de mí — dijo.

Yuri lo miró con calma.

— Sí.

— ¿Quieres echarme de tu casa?

— Quiero que asumas tus responsabilidades.

Denis entró en la cocina.

— Estoy buscando trabajo.

— No.

Yuri negó lentamente con la cabeza.

— Estás buscando un trabajo perfecto mientras otras personas pagan para que puedas esperar.

Denis se puso rojo.

— No voy a aceptar un empleo miserable solo para complacerte.

— No tienes que complacerme.

Yuri señaló las llaves.

— Tienes que mantenerte a ti mismo.

Denis miró a Alina.

— ¿Y tú qué dices?

Ella tardó unos segundos en responder.

— Creo que papá tiene razón.

Denis parecía no creerlo.

— ¿También estás contra mí?

— No estoy contra ti.

Alina respiró profundamente.

— Pero llevamos meses aquí.

— ¿Y?

— Dijiste seis meses como máximo.

— Todavía no han pasado seis.

Yuri intervino:

— Faltan tres semanas.

Denis guardó silencio.

Yuri continuó:

— Por eso tienes tres semanas.

— ¿Para qué?

— Para empezar a trabajar o encontrar otro lugar donde vivir.

Denis soltó una risa nerviosa.

— ¿Hablas en serio?

— Completamente.

Durante los siguientes días, Denis apenas habló con Yuri.

Estaba convencido de que Alina terminaría convenciendo a su padre de retirar el ultimátum.

Pero ella no lo hizo.

Una noche preguntó:

— ¿De verdad vas a permitir que tu padre me eche?

Alina cerró el portátil.

— Denis, ¿qué quieres que haga?

— Habla con él.

— Ya hablé.

— ¿Y?

— No va a cambiar de opinión.

Denis se enfadó.

— Entonces podríamos alquilar algo.

— ¿Con qué dinero?

Silencio.

— Yo trabajo, pero mi sueldo no alcanza para mantenernos solos mientras tú esperas indefinidamente.

Denis desvió la mirada.

Alina añadió:

— Esta situación también me está agotando.

Aquella frase le afectó más que el ultimátum de Yuri.

Al día siguiente Denis volvió a llamar a la empresa cuyo puesto había rechazado.

La vacante seguía disponible.

Aceptó una segunda entrevista.

Cuando regresó a casa, Yuri estaba preparando café.

— Empiezo el lunes — dijo Denis.

Yuri lo miró.

— ¿En la empresa que rechazaste?

— Sí.

— Bien.

Denis esperaba quizá una felicitación.

Pero Yuri simplemente añadió:

— Ahora cumple tu palabra.

Los primeros días fueron difíciles.

Denis volvía cansado y se quejaba del horario.

Pero siguió trabajando.

Cuando recibió su primer sueldo, puso parte del dinero sobre la mesa.

— Para los gastos.

Yuri miró el dinero.

— Dáselo a Alina. Organicen juntos sus finanzas.

Denis asintió.

Dos meses después, él y Alina habían conseguido ahorrar lo suficiente para pagar el depósito de un pequeño apartamento.

No era lujoso.

No tenía tres habitaciones.

Pero era suyo.

El día de la mudanza, Denis cargó la última caja y se detuvo delante de Yuri.

— Estuve enfadado contigo.

— Lo sé.

— Pensaba que querías humillarme.

Yuri lo miró.

— Nunca quise humillarte.

— Ahora lo entiendo.

Denis bajó la mirada.

— Me había acostumbrado demasiado rápido a que alguien resolviera mis problemas.

Yuri extendió la mano.

— Lo importante es que dejaste de hacerlo.

Denis se la estrechó.

Alina sonrió desde la puerta.

Meses antes, Denis había llegado a aquel apartamento prometiendo:

«Medio año, no más. Encontraré trabajo, ahorraremos dinero y nos iremos.»

Pero mientras rechazaba una oferta tras otra, Yuri pagaba las cuentas.

Hasta que un día dejó las llaves sobre la mesa y dijo:

«Dile a tu esposo que vivir gratis se acabó. O empieza a trabajar, o recoge sus cosas y se va.»

Denis escuchó aquellas palabras desde el pasillo y quedó sorprendido.

Nunca había imaginado que Yuri se atrevería a ponerle un límite.

Pero precisamente ese límite terminó obligándolo a hacer algo que llevaba meses posponiendo:

dejar de esperar la vida perfecta y empezar a construirla por sí mismo.

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