La calle estaba llena de gente aquella noche.
Las terrazas seguían abiertas, los coches avanzaban lentamente y decenas de personas caminaban bajo las luces de la ciudad.
Clara regresaba a casa cuando vio a un niño pequeño parado cerca de la multitud.
Parecía tener unos siete años.
Miraba nerviosamente hacia todos lados.
Clara se acercó.
— ¿Estás solo?
El niño negó con la cabeza.
— Mi mamá estaba aquí.
— ¿Y ahora no la ves?
El pequeño volvió a mirar entre la gente.
— No.
Clara notó que estaba asustado.
— Está bien. No vamos a movernos mucho. Vamos a buscarla juntos.
Cuando un grupo numeroso pasó junto a ellos, Clara tomó suavemente la mano del niño para evitar que se perdiera entre la multitud.
Entonces sintió algo pequeño y metálico en su palma.
— ¿Qué tienes ahí?
El niño abrió la mano.
Clara dejó de respirar por un instante.
Era un pequeño broche plateado con una diminuta figura grabada.
Lo conocía.
No simplemente porque hubiera visto algo parecido.
Conocía cada detalle.
Su madre lo había diseñado y fabricado muchos años atrás.
Y solo había hecho dos.
Uno para Clara.
Y otro para su hermana mayor, Lucía.
La misma hermana con la que la familia había perdido contacto años atrás después de una grave disputa familiar.
Clara miró al niño.
— ¿De dónde sacaste esto?
El pequeño bajó la mirada.
Apretó el broche entre los dedos.
— Me lo dio mi mamá.
Clara sintió que el corazón empezaba a latirle con fuerza.
— ¿Cómo se llama tu mamá?
El niño dudó.
Antes de responder, dijo algo todavía más extraño:
— Mamá me dijo que si alguna vez encontraba el segundo broche, habría encontrado a mi familia.
Clara quedó paralizada.
— ¿Qué has dicho?
— Que hay otro igual.
Clara soltó lentamente la mano del pequeño.
Abrió su bolso.
Buscó en un pequeño bolsillo interior y sacó una vieja cajita.
La llevaba consigo desde hacía años.
La abrió.
Dentro había un broche prácticamente idéntico.
El niño abrió mucho los ojos.
— ¡Ese!
Clara puso ambos broches uno junto al otro.
Encajaban en el mismo diseño familiar.
El pequeño la miró sorprendido.
— Entonces eres tú.
— ¿Quién?
— La persona que mamá estaba buscando.
Clara sintió un nudo en la garganta.
— ¿Dónde está tu madre?
El niño señaló hacia el otro lado de la calle.
— Entró en esa farmacia. Me dijo que esperara cerca, pero había demasiada gente y no sabía dónde estaba.
Clara se quedó mirando hacia allí.
En ese momento apareció una mujer entre la multitud.
Caminaba rápidamente, mirando desesperadamente de un lado a otro.
— ¡Mateo!
El niño levantó la mano.
— ¡Mamá!
La mujer corrió hacia él y lo abrazó.
— Te dije que no te movieras. Me has asustado muchísimo.
Entonces levantó la mirada hacia Clara.
Las dos mujeres quedaron inmóviles.
Clara reconoció aquellos ojos inmediatamente.
— Lucía…
La mujer palideció.
— Clara.
Durante unos segundos ninguna consiguió hablar.
Mateo las miraba sin entender completamente lo que estaba ocurriendo.
Clara mostró su broche.
— ¿Por qué le diste esto?
Lucía miró el pequeño objeto que llevaba su hijo.
— Porque sabía que algún día volveríamos a esta ciudad.
— Podías haberme llamado.
Lucía bajó los ojos.
— Después de tantos años no sabía si querías escucharme.
— Mamá murió esperando que volvieras.
Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas.
— Lo sé.
Clara se quedó inmóvil.
Había imaginado muchas veces qué diría si volvía a encontrarse con su hermana.
Había imaginado reproches.
Preguntas.
Incluso rabia.
Pero nunca había imaginado que aquel encuentro comenzaría con un niño perdido entre una multitud.
Mateo levantó los dos broches.
— Mamá tenía razón.
Las hermanas lo miraron.
— Encontré el segundo.
Lucía sonrió entre lágrimas.
Clara guardó silencio unos segundos.
Después tomó nuevamente la mano del niño.
Y con la otra abrazó a su hermana.
No podían recuperar los años perdidos aquella noche.
Tampoco podían borrar las razones que las habían separado.
Pero por primera vez en mucho tiempo podían hablar de ellas frente a frente.
Todo había comenzado cuando Clara vio algo metálico en la mano de un niño desconocido y preguntó:
«¿De dónde sacaste esto?»
Y Mateo había respondido:
«Mi mamá dijo que si alguna vez encontraba el segundo broche, habría encontrado a mi familia.»
Clara había abierto lentamente su bolso y sacado el único objeto que todavía conservaba de aquella historia.
Dos broches creados muchos años atrás para dos hermanas habían vuelto a encontrarse. Y esta vez, ninguna de las dos estaba dispuesta a desaparecer de la vida de la otra.