El médico colocó cuidadosamente al recién nacido en brazos de Laura.
— Aquí está.
Laura sonrió emocionada y acercó al pequeño contra su pecho.
Su esposo y su madre observaban en silencio.
De repente, la puerta se abrió.
Una enfermera entró apresuradamente con varios documentos.
— Un momento… ese bebé…
Todos se quedaron inmóviles.
El médico miró inmediatamente la pulsera de identificación.
— ¿Qué ocurre?
La enfermera comparó el número con los documentos.
— El número no coincide.
Laura dejó de sonreír.
— ¿Qué significa eso?
El médico mantuvo la calma.
— Todavía no significa que sea otro bebé. Primero tenemos que comprobar todas las identificaciones y los registros.
El recién nacido permaneció con Laura mientras el personal verificaba la situación siguiendo el protocolo del hospital.
Minutos después encontraron el origen del problema.
Durante una comprobación administrativa, se había colocado en la documentación una etiqueta correspondiente a otro registro. La pulsera de Laura coincidía con la identificación original asignada a su bebé, pero uno de los documentos impresos mostraba un número diferente.
Aun así, el hospital decidió revisar todos los registros relacionados antes de dar el asunto por cerrado.
Finalmente, las comprobaciones confirmaron que el pequeño que Laura sostenía era el bebé que había dado a luz.
La enfermera regresó.
— Ha sido un error de documentación. Sentimos muchísimo el susto.
Laura cerró los ojos y abrazó al pequeño.
Su esposo respiró aliviado.
— Entonces… ¿es nuestro hijo?
El médico asintió.
— Sí. Y precisamente porque detectamos una discrepancia, preferimos comprobarlo todo antes de darles una respuesta.
Laura miró la pequeña pulsera.
Un número equivocado había bastado para convertir unos minutos de felicidad en el miedo más grande de su vida.
Pero aquella enfermera no había entrado para quitarle a su bebé. Había entrado porque detectó a tiempo un error que debía aclararse antes de que pudiera causar un problema mucho mayor.